Entre un clavel y una rosa

Cuenta una fábula infantil que en un lejano país gobernaba una reina que era coja. Una anciana se apostó con sus paisanos que sería capaz de restregarle a la reina a la cara su cojera, sin que represalia alguna le hiciera pasar la noche en las mazmorras. Los incrédulos daban por ganada la apuesta.

El día señalado la anciana se acercó a la reina con dos ramos de flores. Uno de claveles y uno de rosas. Se acercó a la soberana y ofreciéndole una flor de cada ramo, decía: “Entre un clavel y una rosa su majestad escoja”. Su majestad es coja”. Ganó la apuesta, la reina se quedó las flores y todas contentas, menos los que habían perdido la apuesta, claro, pero tampoco insistía mucho más el cuento en ellos.

Así me lo enseñaron a mí de pequeña, aunque posteriormente pude saber que esta apuesta se atribuye a Quevedo y que la reina en realidad no estaba en un país lejano, sino que era Mariana de Austria, esposa de Felipe IV. No sé porqué, el lunes, durante eso que han llamado debate, me acordé de esta leyenda.

Interrogando mi inconsciente he llegado a la conclusión de que lo de la rosa puede que sea por Rubalcaba, obvio, y lo del clavel supongo que es la flor que le pega a Rajoy en la solapa, tan reventón como arcaico es él. ¿Y la cojera? Puede que cuando los personajes principales son un converso y un hechicero, no cabía esperar mucho más.

Un converso que dice que hará lo que no hizo o lo que deshizo durante su etapa en el Gobierno y un hechicero que fía su éxito a la fe, vótenme que esto yo lo arreglo, aunque no sé cómo ni de qué manera, y cuyo programa parece guardarse en los archivos vaticanos. Bueno no, que Rubalcaba se lo ha leído.

Todo parece indicar que la cojera ayer afectaba al pluralismo político. La cojera se evidenciaba en el vacío de la kilométrica mesa de personajes autocomplacientes. La cojera fue aquello de lo que no se habló. La cojera fue lo que no se contradijo, porque no había nadie para contradecirlo. La cojera fue la ausencia de los otros partidos que se presentan a estas elecciones. Entre un clavel y una rosa… habrá que trabajar para que no se nos quede coja nuestra democracia.

DIA 34: #SEACABOELCIRCO

Campo Vidal, en acabar el debat ens va voler fer creure que l’encontre televisiu entre Rubalcaba i Rajoy és un exercici de transparència democràtica, quan es tracta justament del contrari. S’ha de tindre la cara ben dura i formar part del pitjor de la caspa periodística decrèpita que també hi ha.

Primer, perquè existeixen altres candidats sobre els quals els mitjans convencionals no informen entre eleccions, menys encara en vespres. Segon, perquè solament hi ha debat entre els candidats del PSOE i del PP si consideren que tenen alguna cosa que guanyar, i si no, no hi ha debat, com segurament passarà amb els de Canal 9 o això pretenen. Així de fort.

Tots dos partits tenien la necessitat de convèncer a una miqueta més d’un milió d’electors que estaven indecisos en matèria d’economia. Hui mirarem les audiències i verificarem com es desenganxaren els espectadors després del primer bloc, amb anuncis i tot pel mig, per a que tornaren a vore el que toca, que és la programació habitual de les cadenes privades. Els varen cansar per a no dir res i no varen moure ningú del seu lloc electoral predecidit. Confirmaren que cal buscar unes altres opcions o quedar-se a casa.

Tampoc servirà el debat per a mantenir la tensió de la campanya o fer-la créixer, no decidirà vots de forma significativa. Per tant, l’eficàcia electoral d’un debat no guarda relació amb la grandària de l’audiència, encara que esta grandària és el millor indicador de la taxa de participació que podem esperar: 10 milions d’audiència mitjana en este tipus de debats equivalen a un 70 % de participació del CER (cens d’espanyols residents a Espanya), diuen els tècnics.

En definitiva, que es facilite un debat exclusiu entre els candidats dels dos grans partits és un frau en tota la regla però que ens ha vingut molt bé als menuts. Ens fa l’efecte que els vots que ha de recuperar Rubalcaba ja no estan en el PSOE, sinó en el 15-M o la protesta, on un debat entre Rubalcaba i Rajoy no és una altra cosa que més del mateix. Ja ho voreu.

Príncipes destronados

7 de noviembre. Hubo un momento en que cada centro, museo o fundación era bautizado con nombres de la realeza. De la monarquía actual, quiero decir, y así asistimos al nacimiento del Museo Príncipe Felipe, el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia o el Centro de Investigación Príncipe Felipe. Muy originales no han sido los ideólogos de estos bautizos en su ataque de exaltación monárquica exacerbada. Pero en fin, con permiso de ilustres investigadores del pasado -puesto que no queda bien bautizar un centro con el nombre de un investigador vivo- pongámosle el nombre de un monarca o heredero vivos, que con la realeza no hay tantos remilgos. No sé si habrá sido una especie de cenizo, pero ya van dos de los centros apadrinados –al menos nominalmente por la monarquía- que agonizan económicamente. Perdón, uno agoniza, el Centro de Investigación Príncipe Felipe, y el otro está directamente muerto, el Centro Reina Sofía. Y es que el PP es como las termitas y en menos de lo que canta un gallo, hace desaparecer lo que ayer eran buques insignia de la investigación y la ciencia de los que presumir a lo grande. Destronando príncipes y princesas podría ser el titular de esta noticia, quizá también al príncipe o princesa que todos en alguna medida nos creímos cuando nos tragamos que atábamos los perros con longanizas. La asfixia económica a la que el Gobierno ha sometido al Príncipe Felipe –al centro entiéndase- aboca a un centenar de trabajadores a un expediente de regulación de empleo, prácticamente acaba con las becas y pone en serio riesgo investigaciones biomédicas que podrían ser una puerta abierta al futuro. Así, la única puerta que se abre es la de la fuga de cerebros. Hoy el conseller de Sanidad -el señor al que los hospitales le parecen un lujo- en su comparecencia para explicar los presupuestos de sanidad, daba la puntilla a la investigación y a la ciencia, con una frase a la altura de su Gobierno: “En 1990 un investigador dijo que en diez años acabaríamos con la diabetes y veinte años después sigue de la misma manera” (sic). Y pensar que con lo que nos cuesta en un solo mes mantener la ruina de los eventos faraónicos, el centro de investigación podría funcionar un año entero…

Caprichos de servilleta

6 de noviembre. Hoy he estado en el Oceanogràfic, oasis al este de la ciudad, no calatraviano, o calatravista, o en fin, como sea. Hay muchas diferencias desde la primera vez que fui, aunque sin duda, la más notable es ese edificio horrendo, inacabado, inútil, defectuoso y desproporcionado que se erige sobre el acuario de manera amenazante. Me refiero al Ágora.

El molusco gigante, de nombre pretencioso, es la metáfora de las decisiones políticas de los últimos años. También, en cierta manera, es la representación de lo que ha sido nuestra sociedad. Edificio incompleto que no sabemos cuándo ni cómo se acabará. Contenedor vacío que sólo alberga una semana de moda y una de tenis de segunda, eventos para que los niños de papá luzcan sus polos con el caballito.

Edificio carísimo de construir, limpiar, mantener, cuya cubierta hace aguas y su hábil diseñador encima cobra por arreglarla. Edificio que, además de los cristales, rompe la perspectiva desde la ciudad de los peces hacia la ciudad de las ciencias.

Y los ciudadanos ¿cuándo perdimos la perspectiva política? Dicen las malas lenguas que el Ágora fue un capricho que en una cena entre el arquitectísimo y el President de los trajes nació dibujado en una servilleta. Parido así, no me extraña que no sepan cómo acabarlo.

El problema es que las inversiones más importantes hayan sido casi todas, eso: caprichos carísimos. La Ciudad de la Luz, la Ciudad de las Lenguas, el aeropuerto peatonal, el Palacio de Congresos de Castellón, Mundo Ilusión… hasta aquellas que no existen nos han costado una millonada.

Nos cuesta diez millones de euros al mes mantener la ruina faraónica, porque claro, hay que mantener a estos hijos tontos del gobierno de Camps-Fabra. Sin embargo, el mismo gobierno no pone en marcha infraestructuras sanitarias o aboca al cierre a la investigación científica, porque considera que son un lujo que no nos podemos permitir.

Lo que no deberíamos podernos permitir son estos gobernantes, que han sustituido el sentido común por el capricho y el interés general por el interés particular de ellos mismos, su partido y sus despabilados amigos del alma.

Elegir o decidir

Primer día de campaña y no pido el voto. Algunos asistentes al mitin extrañados me preguntan. ¿Y el voto? No suelo pedir el voto. Animo a la gente a votar. Animo a la gente para que su voluntad cuente. Pero no pido el voto. Creo que los ciudadanos y ciudadanas ya saben lo que quieren votar. Y si dudan, no les va a cambiar de opinión el simple hecho de que les pida el voto.

Creo, o deseo al menos –a veces se me mezcla el deseo y la realidad- que la gente decida en función de lo actos de cada uno, más que por las promesas de bajarles la luna. No sé qué me frena de pedir el voto. Quizá sea una cuestión de pudor. O quizá vaya un poco más allá y parta de la insatisfacción de no estar segura de lo que la política partidaria ofrece para elegir.

Y ahí voy a la cuestión de fondo. En las elecciones elegimos. Elegimos entre varias ofertas que nos presentan los partidos o coaliciones. ¿Pero realmente decidimos? En nuestro país ¿cuál es la posibilidad de los ciudadanos sin afiliación a un partido de influir en la oferta electoral que se les presenta?

Cuando a mi hijo Emilio de cuatro años le pregunto: ¿qué quieres para cenar: salmón o merluza?, puede que el piense que decide. Pero en realidad lo único que puede hacer es elegir entre dos opciones. La que decide que esa noche se come pescado soy yo.

De hecho, cada vez me resulta más difícil esta estrategia, porque cuanto más mayor se hace, menos cuela y últimamente me contesta: “pero mamá es que yo quiero salchichas”. Pero ¿qué pasa cuando los ciudadanos queremos salchichas y no están en el menú electoral? Esta es la pregunta.

Pienso que nuestras formaciones políticas deberían avanzar en procesos de decisión en que cada ciudadano cuente, aunque no tenga carnet, aunque no quiera tenerlo. Los tiempos modernos con sus tecnologías favorecen procesos abiertos en que las personas podamos ser más protagonistas de las decisiones de los partidos.

Poder decidir y no sólo elegir, puede que sea la respuesta. De momento el 20-N podremos elegir, que no es poco, pero no suficiente. Elijamos pues hoy, para poder decidir mañana.