Cara a cara

21 grados centígrados. No es el título de la última película de González Iñárritu. 21 grados centígrados es la temperatura del plató en el que el lunes que viene se enfrentarán cara a cara Rubalcaba y Rajoy en un debate organizado por la Academia de Televisión y que moderara el periodista Campo Vidal.

Hasta este nivel de detalle hemos conocido a través de los medios de comunicación los pormenores del evento. Y digo evento, porque lamentablemente el debate político está ausente de los platós de televisión, al menos en las franjas horarias de máxima audiencia, a pesar de meritorios esfuerzos de programas como 59 segundos o Al rojo vivo.

Así es que a falta de chicha que comentar sobre el contenido del debate se nos bombardea con las banalidades de la forma del acontecimiento. Cuántos segundos tendrá cada uno, el sorteo que decidirá quién empieza, como se repartirán los candidatos su tiempo y otras pequeñeces tan cacareadas como irrelevantes, en un momento en que los ciudadanos queremos saber el qué y no el cómo.

Pero claro, este empeño de la política en particular y la sociedad en general de reducirlo todo a dos, desde las relaciones afectivas, hasta los colores, abocando continuamente a una dicotomía que no se corresponde con la diversidad social, reduce también a niveles alarmantes la pluralidad política y por lo tanto, también amenaza gravemente el pluralismo político, fundamento de nuestra democracia. Tienes que elegir: rojo o azul, Pepsi o Coca-Cola, Madrid o Barça, Rubalcaba o Rajoy… ignorando que existe el verde, el naranja, el zumo, el Valencia o el Recreativo de Huelva y que sorprendentemente, ¡oh, sí! también hay gente que los sigue, que se identifica, que se los pone o que se lo bebe. También en política somos muchos quienes no nos identificamos con la pareja impuesta. Ni para beber, ni para votar.

Empieza el espectáculo

Empieza la campaña electoral para elegir el futuro Parlamento. Empiezan los mítines, las pegadas de carteles, la caza sin cuartel del disputado voto del ciudadano anónimo. Empieza el todo vale, la repetición de consignas –aunque sean verdad-, las grandilocuencias y los histrionismos.

¡Empieza el espectáculo! Y en este espectáculo en que los actores buscan ser protagonistas, a los ciudadanos y ciudadanas se nos reserva el lugar de simples espectadores. Espectadores de un discurso público que se ha reducido a mero electoralismo. Espectadores que ya no se acuerdan de cuándo la política fue secuestrada por el partidismo. Espectadores que observan resignados cómo muchos políticos o candidatos hablan sin pausa para ocultar aquello que piensan o sienten.

Espectadores que hace tiempo nos preguntamos qué fue de la soberanía, del poder de decisión del pueblo, de la voluntad canalizada a través de las urnas. Puede que estos días convulsos en que el ejemplo de Grecia evidencia hasta qué punto los mercados han anulado el significado de la democracia, hayan influido mucho en esta reflexión.

Pero también, las ganas de recuperar el poder de decisión para los ciudadanos y ciudadanas. También la esperanza de que volvamos a tener el papel protagonista que nunca debimos perder. En ese camino espero encontrarme, espero encontrarnos. Que empiece pues…